EL ARQUIMISTA

 

 

 

PAULO COELHO

 

 

 

 

El Alquimista

 

 

 

 

 

 

 

 

TRADUCCION

MONSERRAT MIRA


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

PRIMER CAPITULO I


 

 

 

 

El muchacho se llamaba Santiago. Comenzaba a oscurecer cuando llego con su rebaño frente a una vieja iglesia abandonada. El techo se había derrumbado hacía mucho tiempo y un enorme sicomoro había crecido en el lugar que antes ocupaba la sacristía.

Decidió pasar la noche allí. Hizo que todas las ovejas entrasen por la puerta en ruina y entonces coloco algunas tablas, de manera que no pudieran huir durante la noche. No había lobos en aquella noche regios, pero cierta vez un animal había escapado por la noche y él había perdido todo el día siguiente buscando por la noche y él había perdido todo el día siguiente buscando a la oveja prófuga.

Cubrió el suelo con su chaqueta y se acostó, usando como almohada el libro que acababa de leer. Recordó, antes de dormir, que tenía que comenzar a leer libros más gruesos: se tardaba más en acabarlos y constituían almohada más confortable durante la noche.

Aún estaba oscuro cuando despertó. Miro hacia arriba y vio que las estrellas brillaban atraves del techo semidestruido.

‹‹Quería dormir un poco más››, pensó. Había tenido el mismo sueño que la semana pasada y otra vez se había despertado antes del final.

se levantó y tomo un trago de vino. Después cogió el cayado y empezó a despertar las ovejas que aun dormían. Se había dado cuenta de que, en cuanto él se despertaba la mayoría de los animales también lo asían. Como si hubiera alguna misteriosa energía uniendo su vida a la de aquellas ovejas que desde hacía dos años recorrían la tierra, en busca de agua y alimentos. ‹‹ya se han acostumbrado tanto a mí que conocen mis horarios››, dijo en voz baja. Reflexiono un momento y pensó que podía hacer lo contrario: era el que se había acostumbrado al horario de las ovejas.

      Algunas de ella, no obstante, tardaban un poco más en levantarte; el muchacho las despertó, una por una con su cayado, llamando a cada cual por su nombre. Siempre había creído que las ovejas eran capaces entender lo que él les hablaba. Por eso acostumbraba a veces leerles los trechos de los libros que le habían impresionado, o hablarles de la soledad o de la alegría de un pastor en el campo o comentarles las últimas novedades que veía en las ciudades por la que acostumbraba pasar.

En los dos últimos días, no obstante, su tema había sido uno solo: la niña hija del comerciante, que vivía en la ciudad a donde llegaría dentro de cuatro días. Solo había estado una vez allí, el año anterior. El comerciante era duerno de una tienda de tejido y le gustaba ver siempre esquilar a las ovejas en su presencia para evitar falsificaciones. Un amigo le había indicado la tienda y el pastor había llevado sus ovejas allí.  


 

-necesito vender lana- le dijo al comerciante.

La tienda del hombre estaba llena, y el comerciante pidió al pastor que esperase hasta el atardecer. Él se sentó en la acera frente a la tienda y saco un libro de su alforja.

-no sabía que los pastores fueran capaces de leer libros

-dijo una voz femenina a su lado.

Era una joven típica de la región de Andalucía, con sus cabellos negros lisos y los ojos que recordaban vagamente a los antiguos conquistadores moros.

-Es porque las ovejas ensenan más que los libros- respondió el muchacho. Se quedaron conversando durante más de dos horas. Ella le conto que era hija del comerciante y hablo de la vida en la aldea, donde cada día era igual al otro. El pastor le hablo sobre los campos de Andalucía y sobre las últimas novedades que había visto en las ciudades que visito. Estaba contento por no tener que conversar solo con las ovejas.

- ¿Cómo aprendiste a leer? – le pregunto la moza, en cierto momento.

-Como todo el mundo –respondió el chico -. En la escuela.

-Y, si sabes leer, ¿Por qué eres solo un pastor?

El muchacho dio una excusa cualquiera para no responder a aquella pregunta. Estaba seguro de que la chica jamás lo entendería. Siguió contando sus historias de viaje, y los pequeños ojos moros se abrían y cerraban de espanto y sorpresa. A medida que el tiempo fue pasando, el muchacho comenzó a desear que aquel día no se acabase nunca, que el padre de la joven siguiera ocupado mucho tiempo y le mandase esperar tres días. Se dio cuenta que estaba sintiendo algo que nunca había sentido antes: las ganas de quedarse a vivir en una ciudad para siempre. Con la niña de cabellos negros, los días nunca serian iguales.

Pero el comerciante finalmente llego y le mando esquilar cuatro ovejas. Después le pago lo estipulado u le pidió que volviera al año siguiente.

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